Page 51 - Boletín 171
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Señor, mañana, cuando venga a besar tu pie descarnado,
acuérdate de mí desde tu reino. En las manos de tu madre dejo la
súplica.
Cuando duerma Señor en la esperanza, cuando repose mi alma
peregrina, cuando el mármol sea mi cuerpo y quieto espere tu
llegada; cuando mi boca no te llame y el aire no me quede, cuando
la luz se haya marchado y una lágrima se lleve mi recuerdo; cuando
sea ceniza y polvo, sé que no habrá clavo que te impida acercar tu
mano a mi morada, abrir los ojos y llamarme. Lo sé Jesús de la Salud
que ya me falta, caminaré seguro al desenlace sin olvidar tu cruz y
tu mortaja, el cáliz que me ofreces, el pan que repartiste para saciar
el hambre en esta tierra. Cuando llegue el momento, la vida que tú
distes dará vida.
En la eterna esquina de la antigua Varflora, en el Real de tu
Carretería, te dejo escrito el testamento de la cuaresma de mi vida
bajo esta penumbra tan macabra a la que ya no temo. Con tu
madre de testigo, rezo en esta soledad mi último verso: Creo en ti
Señor, en la carne viva de tu muerte, porque espero que me sane tu
palabra.”

