Page 56 - Boletín 171
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Y,  como  toda  buena  obra,  la  priostía  mira  hacia  adelante.  Mira  a
           esos  jóvenes  que  empiezan  llevando  un  paño  o  simplemente
           observando, con los ojos abiertos de quien quiere aprender. En ellos

           está  el  futuro.  Y  los  más  veteranos  lo  saben:  por  eso  enseñan,
           acompañan, dan espacio, pero también responsabilidad. Porque ser
           prioste es también ser testigo y transmisor de una forma de entender
           la Hermandad.



           En tiempos en los que lo efímero parece ganar terreno, la priostía de
           la Carretería se alza como símbolo de lo permanente: de un trabajo
           callado,  de  una  fe  hecha  gesto,  de  una  entrega  que  no  necesita

           escaparate.  Y  en  ese  hacer  cotidiano,  tejido  entre  la  amistad,  el
           compromiso y la esperanza, se construye también el porvenir de la
           Hermandad.


           Pocas cosas en una Hermandad hablan tanto de su alma como su

           priostía. Y en la Hermandad de la Carretería, esa afirmación toma
           cuerpo entre los muros de su capilla, entre el olor a cera derretida, a
           madera pulida y a incienso que aún flota en el aire días después de

           un culto.


           En la Carretería, la priostía es escuela de vida. No solo se enseña a
           colocar un respiradero o a montar una peana; se enseña a respetar
           la historia, a cuidar los detalles, a hacer de cada gesto un acto de

           fe. Allí, el compromiso no se firma con palabras, sino con presencia
           constante, con manos que no dudan, con espaldas que aguantan y
           con corazones que saben para quién trabajan
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