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impulsivos, otros más reflexivos; algunos más constantes, otros más
buscadores. Y todo eso no es un problema, es una riqueza. Porque
la unidad cristiana no borra la diferencia, la integra.
Nuestra hermandad tiene historia, tiene raíces profundas, tiene
generaciones que han sostenido la fe antes que nosotros. Nosotros
no empezamos nada desde cero; hemos recibido un legado. Pero
ese legado no se conserva solo mirando al pasado, se mantiene vivo
cuando la juventud lo abraza con autenticidad.
Ser juventud en la Carretería no es simplemente organizar
actividades, asistir a cultos o salir en una procesión. Es ser
presencia. Es ser ejemplo. Es ser puente entre generaciones. Es
crear un ambiente donde cualquiera que llegue se sienta acogido,
acompañado y escuchado. Es demostrar que la fe no es algo
antiguo, sino actual y transformador.
La unidad que propone In illo uno unum no significa ausencia de
conflictos o de diferencias. Significa elegir querernos incluso cuando
no pensamos igual. Significa aprender a perdonar, a dialogar, a
ceder. Significa rezar unos por otros, sostenernos en los momentos
de duda y celebrar juntos las alegrías.
Cuando Cristo es el centro, la hermandad deja de ser una estructura
y se convierte en familia. Y la juventud deja de ser “el futuro” para
convertirse en el presente vivo y activo.
Que nuestra juventud sea como ese corazón ardiente del escudo:
valiente, apasionada, comprometida. Que no tengamos miedo de
vivir una fe visible, coherente, alegre. Que sepamos que nuestra
fuerza no está en lo que hace cada uno por separado, sino en lo
que somos cuando caminamos unidos.

